SUEÑOS

Mariola Borrell Escudé

No nos engañemos: el sueño de todo arquitecto, por absurdo que parezca, es algo muy sencillo: dormir tranquilo.

Durante la carrera, incluso nos conformamos con una meta más modesta: dormir, a secas. Y es que el estudiante de arquitectura no sólo sueña en acabar la carrera, en construir grandes edificios; sueña, valga la redundancia, en dormir tranquilo. Lo de las ocho horas ya nos parece una utopía, pero siete horitas no estarían nada mal.

Por eso me hizo pensar ver a Santiago Calatrava durmiendo tranquilo en una secuencia del documental El arquitecto, el socialista y la Turning Torso. ¿Un arquitecto que duerme tranquilamente a media tarde? Aquí hay algo que no funciona. La situación tiene su gracia: un vendedor de sueños… que sueña.

Pero no se trata de criticar a Calatrava, que sería lo fácil, y tenemos colecciones de críticas y comentarios al respecto en muchos formatos; sino de recordar que el papel del arquitecto no es hacer humo, vender sueños, sino hacer lo que le pide el lugar. Sí, lo que él nos diga. El arquitecto auténtico no es pues un vendedor de sueños, sino un traductor. Una persona capaz de entender el lenguaje de la ciudad, del paisaje, y, por tanto, capaz de entablar una conversación con él.

Nos encanta hablar de “crear espacios”, y de “generar atmósferas o paisajes”, pero todos sabemos que nuestra profesión es algo más sencillo, es lo que tu madre y la mía dirían: “hacer casas”. Sí, hacer casas. Yo también sé que la arquitectura es mucho más, pero hay veces que la arquitectura es hacer casas, a secas. Cuando el lugar pide casas, el buen arquitecto hace casas, y el vendedor de sueños hace un Guggenheim. Cuando el lugar pide conexiones, el buen arquitecto hace conexiones, y el vendedor de sueños… hace un un Guggenheim. Cuando el lugar pide una escuela, el buen arquitecto, aunque no pueda lucirse, hace una escuela, y el vendedor de sueños… hace un Guggenheim.

¿A qué aspiramos? ¿A sembrar el mundo de iconos? ¿A dibujar el territorio como un mapa de hitos? El arquitecto no hace Guggenheims, (ni Gherkins, ni Ciudades de la Cultura…), el arquitecto pregunta, el arquitecto trabaja. Alvaro Siza decía: “el trabajo del arquitecto es una respuesta al espacio, que demanda, y también una pregunta: cómo transformarlo.”

Una pregunta al espacio. Al espacio. Al espacio. Sí, sé que lo he repetido tres veces. Una pregunta al lugar, a la gente que lo utilizará. Esto es la arquitectura.

Y cuando la arquitectura no es una pregunta al espacio, sino una afirmación personal del arquitecto, una marca, una imposición… que digan lo que quieran, pero eso no es arquitectura, eso es espectáculo, montaje, especulación.

Hay veces que el arquitecto pregunta al lugar… al espacio… y éste le pide un icono. Sí, hay veces que pasa. Y Gehry tuvo esta “suerte” con Bilbao, hace siglos la tuvo Borromini con Roma, y hace milenios, los mayas con sus pirámides escalonadas. Estos arquitectos nos han mostrado grandes ejemplos de cómo un icono bien hecho puede transformar la ciudad, regenerarla… y los arquitectos tontos se lo han creído. Y han dejado de ser traductores para convertirse en vendedores de sueños. “Población! En este terreno haremos un icono que salvará vuestra ciudad!”. Es difícil resistirse, parece tan prometedor… pero recuerda: los edificios de humo no aguantan. No hagas caso a los vendedores de sueños, busca un arquitecto.

Un arquitecto auténtico, que no imponga en tu ciudad un monumento a él mismo, un arquitecto coherente, que parta de lo que necesita el lugar, de lo que quiere la gente, de lo que funciona… Un arquitecto que entienda, que traduzca, que construya. Un arquitecto con sueño.

El proyecto de la nueva sala Beckett de Barcelona nos da una lección en este sentido. Es la gran oportunidad para el edificio icónico. Soy un gran arquitecto, aquí estoy yo. No. Sólo diré que he visto con mis ojos que Flores y Prats hicieron maquetas de todas las puertas y ventanas del edificio antiguo. Y lo rehabilitan. Luego hacen sus cubiertas irregulares, colocan ahí su marca… pero con maestría, con elegancia, con discreción. Esto es arquitectura, esta es la arquitectura que queremos. Este es nuestro sueño.

Nuestro sueño es una arquitectura bella, pero una arquitectura que sirve. Una arquitectura compleja, que se manifiesta a los usuarios como sencilla. Una arquitectura que nace de la necesidad, del uso, de la gente, del lugar.

Y esta arquitectura da igual si es de metal o de ladrillo, lo que importa es que está hecha de dibujo, de papel, de horas de estudio, de maquetas, de ideas, de correcciones, de sufrimiento, de semanas de trabajo… y de poquitas horas de sueño.

Porque del humo pueden salir edificios bonitos, pero los edificios de humo no sirven para nada.

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1 comentario
  1. Maria dijo:

    Doy fe de esas maquetas de carpinterias! soy su autora!

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