QUIÉN DA FORMA AL MUNDO?

Poder

Jonan Lopez

Tendemos a relacionar la arquitectura con temas como la historia del arte, expresión, función o estética pero nos cuesta más hablar de la arquitectura a la hora de entender su dimensión política, el por qué existe un edificio y no  cómo existe. Es una omisión sorprendente, sobre todo cuando la relación entre arquitectura y poder ha sido tan evidente a lo largo de la historia.

La arquitectura siempre ha dependido más de los que tienen poder que de los arquitectos; si el imperio del antiguo Egipto utilizó los beneficios de sus tierras para la construcción de sus pirámides, en vez de asignarlos a la construcción de infraestructuras o la abolición de la esclavitud, no fue debido a un impulso creativo de los arquitectos de los faraones.

El valor de un monumento depende de su tamaño” decía Hitler.  Según él, la arquitectura era su mejor herramienta propagandística, la cual emplearía para motivar a sus seguidores y oprimir a sus enemigos.  Albert Speer, conocido como “El primer arquitecto del Tercer Reich”, fue designado por Hitler para llevar a cabo la construcción de la capital del mundo (Welthauptstadt), Germania. Un masterplan de 40 x 48 km que pretendía renovar la capital alemana mediante un gran numero de proyectos. Uno de esos proyectos era un arco del triunfo de 117 m de altura, inspirado en los campos elíseos de París, en una calle de 5 km de largo y 120 m de ancho, el triple que la versión francesa. El centro de dicha capital lo formaba el Volkshalle ( Sala del Pueblo). Un enorme vestíbulo cuadrado bajo una cúpula de mas de 200 m de alto y 280 m de diámetro, 16 veces más grande que la cúpula de San Pedro en Roma. 180.000 personas podrían entrar a escuchar los discursos del dictador.

A todos nos resulta inquietante este gran proyecto, tal vez, porque imaginar Germania construida es imaginar la victoria de Hitler. Por suerte, tan sólo fue un intento de intimidar al mundo, una campaña de propaganda a una escala exagerada, para enaltecer el régimen y transmitir a sus adeptos su idea de lo que tenía que ser Alemania. La arquitectura es el reflejo de la firmeza de los poderosos y un medio para contar una historia , en la versión de los que la construyen. Se llegó a decir que, para Hitler, la arquitectura no era simplemente una herramienta para la creación del régimen nazi, sino que para él fue a revés: la creación del régimen nazi también fue un medio para llevar a cabo sus ambiciones arquitectónicas [1]. Al igual que Hitler, Stalin y Saddam Hussein también evidenciaron gran interés en el carácter monumental de sus edificios. Estaban continuamente estudiando maquetas arquitectónicas, debatiendo entre distintos tonos de mármol o fotografiándose junto a planos de ciudades. Conservar a su bando unido e intimidar al enemigo era su fin común.

Todo esto se podría comparar con el diseño de los uniformes militares. En el diseño de los uniformes, al igual que en el diseño de los edificios, parece que se tienen en cuenta detalles prácticos y funcionales, pero su finalidad principal es transmitir unos mensajes emocionales específicos. Existe una clara intención de dar a los soldados un aspecto intimidatorio y de organización gracias a pequeñas estrategias como la utilización de gorros para aparentar más altura o la elección de colores por ejemplo. Antiguamente el rojo era sinónimo de agresión, el azul se relacionaba con la unión y el gris, confederación. Se utilizaban correas y hebillas metálicas para dar imagen militar,  que ahora se han sustituido por velcros, broches y tachuelas. Las escaleras y pórticos, las enormes puertas dobles son sus semejantes arquitectónicos en estas obras de arquitectura.

Pero no es cosa del pasado, el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, fue un claro intento de desestabilizar el poder americano, un poder materializado gracias al poder icónico de la arquitectura. Uno de los secuestradores que pilotaba un avión el 11 de septiembre, Mohammed Atta, era licenciado en Arquitectura por la Universidad de El Cairo y estudiante de postgrado de planificación urbana en Hamburgo. En su caso, no había deseo de construir, sino de destruir. Los edificios son guías históricas, pruebas del paso del tiempo y de los cambios de regímenes; no me sorprende que los dirigentes totalitarios siempre hayan tendido a destruir los edificios que los hacían sentirse incómodos o amenazados.

Gianni Agnelli, dueño de FIAT,  descansaba en una capilla ardiente, instalada en su propio “mausoleo” mientras cientos de obreros de la fábrica de automóviles, políticos y banqueros le daban el ultimo adiós, como si de un rey medieval se tratara.  Dicho “mausoleo” , diseñado por Renzo Piano, se inauguraba pocas semanas antes de su muerte como la Pinacoteca de Lingotto, a modo de galería, en la que albergaría sus colecciones personales y trofeos, presentados como “recuerdo de la nación”. El deseo del magnate era recuperar el antiguo uso que se hacía de la arquitectura como desafío a la muerte, recordando quien fue y lo que consiguió.

Nos limitamos a pensar que la arquitectura tiene como finalidad dar cobijo o crear las infraestructuras  de un estado, pero también es un medio de magnificar la arrogancia humana a la escala de un país.  Es importante asumir que estos grandes edificios políticos sólo reflejan las ambiciones, carencias y orgullo de los que los hacen construir, hay que ver más allá y entender lo que  motiva a la gente a construir, asumir la estrecha relación entre la arquitectura y el poder es básico para comprender nuestra existencia y puede ayudarnos a liberarnos de sus puntos más dañinos.  La arquitectura, puede considerarse una de las más antiguas y más poderosas formas de comunicación de masas, su impacto es tan material como intelectual. La arquitectura puede servir para hacer feliz al ser humano, pero también para dominarlo y aunque en los últimos años se esté intentando “democratizar” la arquitectura ( cooperación, accesibilidad, arquitectura social, de emergencia, reciclaje…) es evidente que para poder trabajar, cualquier arquitecto, en cualquier país o cultura, tiene que relacionarse con los ricos y poderosos, nadie más tiene los recursos para construir, nadie más puede dar forma al mundo.


[1] Deyan Sudjic: La arquitectura del poder,  Editorial Ariel, Barcelona,  págs. 290-291.

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