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Rinat Cohen

“It is much more easy to have sympathy with suffering than it is to have sympathy with thought.” -Oscar Wilde-

El capitalismo posmoderno, podría en parte, definirse como la mercantilización directa de la experiencia, donde el producto sirve solo como un sostén para participar en un estilo de vida. La experiencia sirve para seducirnos a comprar, sin tener culpa respecto a nuestros deberes éticos. Así, el producto pierde su importancia material y asume una importancia simbólica.

Este nuevo concepto económico parte en gran medida del reconocimiento del valor de la palabra sustentable. La moda de lo sustentable, de cuidar nuestro medio ambiente, de la dependencia del consumismo…ha llevado a cuestionarnos a nosotros mismos, consumidores, del daño que causamos al planeta, preguntarnos si nuestro estilo de vida es el correcto y, aún más importante, qué podemos cambiar de nuestros hábitos para evitar el daño ajeno. Así, en este contexto, presentar una mercadotecnia que nos ofrece productos amigables con el medio ambiente y que, aún así nos permiten continuar con nuestra vida rutinaria, resulta bastante atractivo: una mercadotecnia que no vende su producto, si no la experiencia de participar en una caridad. Un claro ejemplo de esto, como menciona Slavoj Zizek (1), es la compra de zapatos TOMS, una marca de zapatos estadounidense, cuyo lema es «uno por uno». Por cada par de zapatos que se adquiera, se dona un par a pueblos en África que no tienen zapatos. Por lo tanto, uno prefiere comprar zapatos TOMS a comprar de cualquier otra marca. ¿Por qué? Por el beneficio de caridad que ofrece, por la experiencia participativa en un buen acto y claro, para no sentirnos culpables de no haberlo hecho. De manera que los zapatos TOMS tienen todo incluido: el zapato, la comodidad, la caridad, la experiencia, la gratificación personal y todo ello a un precio justo.

Lo mismo sucede con la arquitectura. La arquitectura sustentable se ha puesto de moda porque la gente ha entendido su valor. No sólo trata de techos verdes, usar materiales locales y tecnologías de energías renovables, sino de un proyecto social, ecológico, habitable y, por supuesto, una buena inversión tanto para el inversionista como para los habitantes y el entorno. Sin embargo, este concepto se fundamenta en la misma mercadotecnia que los zapatos TOMS: la arquitectura sustentable (2) puede ser también, de una manera menos evidente, otro producto de consumo del capitalismo posmoderno. La opción de habitar un edificio ‘verde’ resulta mucho más eficiente que un edificio convencional. Lo curioso es que el término sustentable debe de ir incluido en arquitectura y no como un término adyacente. Y para ofrecer esta experiencia participativa o para mostrar el logro de caridad se crean concursos para mejorar la calidad de vida, a través del diseño, de los más necesitados. Una arquitectura que ofrece los beneficios esenciales para un hogar de interés social, que a la vez mantenga la cultura e identidad de su localidad y esté abierta a un futuro crecimiento: la arquitectura social.

Es importante enfatizar, que la arquitectura social funciona y tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de sus usuarios. Es un arquitectura no muy reconocida pero muy apreciada por sus usuarios, donde el diseño se simplifica a lo más indispensable para poder satisfacer sus habitantes. Sin embargo, debe ser una arquitectura bien planeada, económica y pensada atendiendo a las situaciones actuales de su ubicación, ya que su existencia podría mejorar o empeorar las condiciones de vida, no verse sólo como una obra de caridad. Sin embargo, pareciera que la arquitectura social es como la etiqueta de «producto orgánico» de la arquitectura sustentable.

Pareciera éste ser el caso del proyecto Quinta Monroy en Chile, de Alejandro Aravena.

La Quinta Monroy es un proyecto cuyo programa está orientado específicamente a los residentes más pobres en el centro de Iquique. Consiste en bloques de 30m2, diseñados para una futura ampliación independiente, para cada familia. Los bloques construidos incorporan las necesidades básicas para un hogar como son la cocina y el baño a fin de evitar gastos futuros a la familia, así como material poroso en las fachadas laterales para demolición. El concepto consiste en ofrecer un proyecto económico y eficiente, en mantener la identidad cultural de cada familia y otorgar un crecimiento controlado con un toque contemporáneo.

Es un buen proyecto ya que interrelaciona lo económico con el diseño así como mantener la cultura e identidad, al no invadir las tipologías por, literalmente, dar a sus usuarios la libertad de diseño en la ampliación de la casa. Sin embargo, Alejandro Avarena presenta el proyecto como una solución mucho más allá de un proyecto ejecutivo y lo presenta como una solución social. Sostiene que con esta libertad cultural, crea equidad (3) ; que con él, soluciona también violencia y proporciona una mejor calidad de vida brindando a personas necesitadas un buen diseño arquitectónico. No se equivoca en absoluto al reivindicar que merecen un buen hogar, sin embargo no les ofrece verdaderamente equidad.

Aravena tiene un buen concepto teórico pero que no se traduce de igual forma al ser llevado a la práctica. Es imposible solucionar un problema tan grande como violencia y desigualdad con sólo un buen proyecto de arquitectura social careciendo de un estudio previo del lugar, su historia, y su situación actual. Pese a tratarse de un buen proyecto, en última instancia no aporta soluciones que garanticen la consolidación de equidad social para sus residentes.
En primer lugar porque se inserta un proyecto, innovador sin duda, pero en las mismas circunstancias a las que dice enfrentarse. Está ubicado en el centro de Iquique: exactamente en los mismos orígenes y condiciones que dice querer solucionar. Pero en lugar de tratar de solventar el problema de raíz pareciera que únicamente esconde o camufla la pobreza en bloques de 70m2. No se cura una sociedad si no se avienta el lugar en donde se enfermó.

Este acto grita capitalismo, y ése es el mayor engaño que vende Aravena. Argumenta la experiencia de participación en arquitectura social; al hacer este proyecto se vende igualdad y paz, lo cual resulta atractivo a los inversionistas, a los seguidores de ELEMENTAL (despacho de Avarena), y claro a la gente que busca habitar ahí. Un proyecto: Todo Incluido.
Lamentablemente puede verse en él otro emprendimiento de la caridad del capitalismo: no sólo se vende el proyecto en sí mismo, sino que junto a él se mercantiliza toda una idea de igualdad, cultura y cero violencia, cuando realmente sólo se asoman de estos bloques. Al igual que la marca TOMS, aquí se también vende la experiencia participativa, ya que – pese a lo que el arquitecto afirma- al capitalizar la ciudad, no se crea equidad. Irónico, ya que realidad es imposible que haya equidad en la capitalización.

 

1.-Stephenson Abi, Slavoj Zizek: First as Tragedy then as Farce, The RSA, 2010

2.-El concepto «arquitectura sustentable» refiere a una arquitectura que beneficia tanto al medio ambiente como a la comunidad.

3.-Bruce WATSON, « Alejandro Aravena: architect, equaliser,el visionario », The Guardian, 6 febrero 2014.http://www.theguardian.com/cities/2014/feb/06/alejandro-aravena-architect-dreamer-equaliser

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1 comentario
  1. VICTOR. SORIA dijo:

    Es quizás “la arquitectura social ” uno de los temas más dificiles a plantear, ya que deslindar beneficio de la acción social es poco menos que imposible.
    Siempre querrá verse el beneficio en acciones de este tipo.

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